Había una vez y no hace mucho tiempo, un neandertal tecnologicus presente en nuestras vidas. Sí, hay que reconocerlo. Yo también heredé un IBM de monitor de tubo de esos que ocupaban todo el escritorio.
De ese homo poco experimentado en el uso de Internet y sus posibilidades no queda mucho. Aunque allá por los años noventa, Internet aún nos ofrecía poco para lo que conocemos hoy en día: Páginas estáticas programadas en HTML, que rara vez se actualizaban y que no permitían ninguna interacción entre los usuarios era lo que podíamos encontrar. Era el mundo de la Web 1.0 y de nuestro neandertal tecnologicus.
El neandertal se distraía con los graciosos gift, los emoticonos y aquellos maravillosos juegos en una dimensión con millones de plataformas. Como todo, ese homo fue evolucionando, y empezó a querer formar parte de ese espacio que se ocultaba tras la gran pantalla que dañaba la vista. Deseaba compartir conocimientos de caza más allá de su tribu. Y entonces apareció una nueva generación: los homos sapiens. Estos pertenecían a un nuevo mundo, el de la Web 2.0.


